viernes, 21 de octubre de 2011

Wiñay Pacha: danzando con los muertos


En Andaguaylas tuvimos noticias de una famosa y muy dañosa licenciada y de otro
buen viejo en Uramarca, el cual me contó lo que hacen cuando alguno muere, cómo
lo entierran con ropa nueva y le ofrecen comida y cada año renuevan la misma ofrenda.
A éstos sacrifican cuando empiezan a labrar la tierra para sembrar echando chicha
en las chacras. Si el fuego chispea dicen que las almas de sus antepasados padecen
sed y hambre y echan en el fuego maíz y chicha, papas y otras cosas de comidas para
que coman y beban (Arriaga, [1621] 1968: 225-226).

El lugar de los muertos

La Fiesta de los muertos en el mundo Aymara se celebra lejos de la tristeza  occidental y los trajes de disfraces de Halloween, ya que en el mundo altiplánico el concepto de muerte es seguir viviendo pero de manera distinta, es seguir considerando al difunto como parte de la comunidad, es ver la muerte como la posibilidad de una nueva vida.

Cuando sienten que es el fin de su vida y que pasarán a otro estado, retornan a su tierra y vuelven al origen para no perder la relación con el lugar donde nacieron, ahí desean ser enterrados. Se dice que su viaje es largo, que van pasando por cada uno de los lugares donde vivieron y compartieron, recogiendo su pelo, sus uñas, sus excrementos y despidiéndose de sus familiares. Luego, cada primero de noviembre  retornan, visitan a los vivos. En esta visita existe un espíritu ceremonial, de reciprocidad y sabiduría ancestral de parte de los vivos,  es por la llegada de las almas, el retorno de algún familiar que abandonó esta tierra para irse a una tierra donde las almas trabajan día a día, sin descanso, sin distinciones de buenos y malos, de cielo e infierno, se le llama el purgatorio de los condenados, Puliyanu (Fernández, 2006).

Por medio del relato oral, los campesinos cuentan que este lugar desconocido y misterioso se ubica  al norte del Perú, Puliyanu le llaman, su significado es “un viento de poniente en la región del lago Titicaca”. Ahí las almas trabajan año tras año, esperando salir de su cautiverio sólo veinticuatro horas el primero de noviembre para visitar a los vivos, para recibir y entregar. Ese día se realiza una ceremonia única, llena de abundancia, donde las comunidades se unifican para visitar a las almas de casa en casa, ofrendando comida en los apxatas (altares ceremoniales) preparada de manera distinta, “especial”, comida preferida de los difuntos, con significancia, con historia. Luego del segundo día de ceremonia los vivos ofrendan su música, la cual también es particularmente preparada para este momento por los Muqunis, estos tocan para los difuntos, para que sea un buen año, para las buenas cosechas, tocan sin parar hasta el amanecer, tocan sólo ese día y luego entierran sus instrumentos hasta el año próximo. Luego viene la despedida con la danza, la fiesta, la Kacharpaya, así, los vivos despiden a las almas, a sus difuntos, quienes regresan a sus labores, a su trabajo interminable, al Puliyanu (Fernández, 2006).

Cuenta Carmelo Condori, sabio que vio el Puliyanu a través de un sueño, que las almas lucen deshilachadas, pálidas, sin sangre, son sólo espíritu, no tienen un rostro definido, son parecidas a los humanos pero tienen un tamaño reducido. Realizan un trabajo como los seres humanos pero es una actividad sin rendimiento alguno, cuando están a punto de techar la torre, esta se cae y tienen que volver a empezar…y así, por toda la eternidad… (Fernández, 2006)

Wiñay pacha

A través del Wiñay Pacha, que significa tiempo y espacio eterno, se recibe a las almas.  Un espacio donde los espíritus nuevos y ancestrales se conectan con el mundo de los vivos y les transmiten energía, experiencia, sabiduría, historia. Los vivos responden, aprenden y crecen cada año.
La ceremonia del Wiñay Pacha tiene su inicio a fines del mes de octubre, al mismo tiempo del comienzo de las labores de siembra. Los difuntos, por lo tanto, tienen relación con la tierra, la cosecha, se relacionan con la productividad, son protectores y es por esto que se les debe reciprocidad. Desde lo ritual se les ofrecen los alimentos, la hoja de coca, la bebida, el trago, se les rinde homenaje a través de los altares ceremoniales, se les espera y ofrenda, se les trata, como “difuntos” (Kauffmann, 2010).

La familia que posee un nuevo difunto es la que precede la ceremonia, se les llama machaqani, quienes en el período de tres años deben agasajar “especialmente” a sus difuntos, ellos deben tener abundancia por sobre todo en sus altares para posteriormente recibir la reciprocidad de las almas. Parientes, amigos, compadres se reúnen y comparten junto a los machaqanis (Fernández, 1998).

La comunidad los espera. Todo comienza la última semana de octubre, las comparsas de muqunis ensayan la música que será ofrendada a las almas, esta música sólo se interpreta el Día de Todos los Santos, los instrumentos tienen una imperfección que produce un especial sonido, el cual gusta a las almas, la comparsa se compone por instrumentos de viento y  uno o dos percusionistas. Los instrumentos que se utilizan son más pequeños de lo normal, debido al tamaño de las almas.

Mientras se preparan las comparsas, en las comunidades se hornea el pan, elemento muy importante dentro de los apxatas. Las familias se juntan a challar el horno que ocuparán para el ritual, ya que el pan no se consume habitualmente, es un lujo. Mascan hoja de coca, comparten trago, cigarrillo y cada persona agradece y pide frente al horno para que el resultado del pan sea bueno y de calidad para las almas. Esto no necesariamente significa que sea un pan del gusto de los humanos, ya que se adecúa al contexto de la festividad, como el Triguillo por ejemplo, pan que esta cocido y dorado por fuera pero habitualmente está duro por dentro. Lo más significativo de estos panes son las figuras de los t´anta wawas y los t´anta achachis, que representan una ambigüedad ente las almas nuevas y las ancestrales ya que son figuras de guaguas pero con rostros arrugados. Esto tiene que ver con la dualidad del rito, con el fin de la existencia. También vemos otras figuras como las escaleras, elemento indispensable para que desciendan las almas hacia los altares y el mundo de los vivos. Encontramos también las figuras de baile, los achachis morenos, que traen la disciplina y la jerarquía, representan al hombre “urbano”. Por otro lado y siguiendo con la dualidad están los kusillos que en general acompañan a comparsas como figurines, burlándose y festejando, en la ceremonia representan la alegría, la fiesta. Este pequeño ritual de hornear y crear el pan, se realiza entre el 29 y el 31 de octubre (Fernández, 1998).

El apxata  o “altar” es lo más representativo de  la ceremonia. Se dice que es la tumba o la casa del muerto. Estos altares sagrados están creados para que las almas se encuentren, se reúnan, alimenten y escuchen a los suyos, a los vivos, en la mesa de la abundancia. Este lugar sagrado contiene a las almas, es un lugar límite para que los difuntos hagan el puente y logren comunicarse con los vivos (Fernández, 1998).

Las apxatas deben estar preparadas el día primero de noviembre. Se dispone en la habitación más grande de la casa o en la habitación del difunto dependiendo del espacio. Sobre la mesa se pone un manto negro, se amarran cañas dulces de tres en tres o de cuatro en cuatro como soporte a la mesa, (estas parecen cañas de azúcar por su sabor dulce pero no lo son) y en círculo se disponen los alimentos, papas cocidas, chuñu (papa deshidratada) mazorcas de maíz, en el centro hoja de coca, cigarros y botellas de agua ardiente, abajo se amarran cebollas. Se dice que las cañas dulces son el bastón de las almas y las cebollas su cantimplora para hacer el largo viaje hacia el mundo de los vivos.

Luego están los panes con sus distintas figuras y formas, ubicándose alrededor de la mesa de pie como si estuvieran resguardando el altar. Se introducen frutos, guirnaldas y dulces. Finalmente se pone una foto del difunto coronando la mesa. Al mediodía del primero de noviembre el altar debe tener las velas encendidas, los objetos sagrados y el alimento listo para recibir a los difuntos.

La ubicación del altar en el espacio está entre lo aéreo y lo subterráneo, delimitando la energía de las almas. Esto está representado por las cañas dulces como tallos aéreos, simbolizando el cielo y las cebollas amarradas a los pies de la mesa como lo subterráneo.

La vela de cabecera es encendida por una persona que no pertenece a la casa, este gesto marca el comienzo  de la ceremonia, desde ese instante las almas son las únicas que tienen derecho a disfrutar de todo lo ofrendado. Los familiares y compadres, solo contemplan el altar. La misma persona que encendió la vela hace una oración por el difunto. Con esto se bautiza los t’anta wawas y los t’anta achachis y se da por iniciada la ceremonia, en ese momento se dice que llegan la almas al altar, luego de un gran viaje.

Al amanecer del primero de noviembre los compadres y familiares de los machaqanis, vistiendo ropas negras, de luto, van aportando los alimentos y objetos para el altar, haciendo un acto de cortesía para los difuntos. La música y la oración son las dos únicas maneras de comunicarse con las almas. Nada de lo que hay en la mesa se toca hasta el día de la kacharpaya, la despedida.

Los familiares entregan alimentos a los visitantes a cambio de una oración o una plegaria para el difunto, alimentos especialmente preparados para la ceremonia. La abundancia de estos representa el cariño por parte de la comunidad. También se reparte bebida, cerveza y trago elaborado con aguardiente de caña en grandes cantidades. Con las luces del ocaso se escuchan los primeros sonidos de los muqunis, quienes han esperado  para hablar con las almas a través de su música. También invierten la cotidianidad del horario habitual de una visita, empiezan con su música en el ocaso ocupando la noche para visitar a las almas. Su instrumento está creado para “esta noche”, hecho a la medida de los difuntos.

Toda la noche los familiares de las almas han recibido a las agrupaciones musicales, quienes interpretan tres piezas frente a la apxata luego de haber pedido permiso a los familiares, reciben alimento y bebida. La idea es emborrachar pronto a los muqunis ya que se dice que son los hijos de las almas, los fieles servidores. Tras las comparsas de muqunis se ve también a pequeñas cuadrillas de niños resiris (orantes) que por decir una plegaria reciben a cambio pan y figuritas. También hay otras comparsas donde se aprecian las tarkas como instrumento, van ofrendando y renovando la música para las almas, son muchas las comparsas que quieren ofrendar a las almas y la relación entre éstas es tensa, ya que cada comparsa quiere imponerse sobre la otra. Al mediodía del dos de noviembre se retiran los muqunis, van al cementerio a seguir tocando o a descansar para la Kacharpaya. No es extraño encontrar en esta ceremonia a niños pequeños durmiendo por los caminos por causa de una noche de vigilia. Los familiares han compartido su mesa y su trago con la comunidad, por lo cual están cansados y considerablemente ebrios. La ebriedad del Todos los Santos marca también la inversión de lo cotidiano debido a que la persona no tiene un dominio total de sí mismo, está en otro estado para comunicarse con las almas, se produce una inversión respecto a la “realidad humana” (Fernández, 1998).

La fiesta continúa hasta el día tres de noviembre, día de despedida de los difuntos y de Kacharpaya. Al mediodía comienza el silencio en el altiplano, luego de pedirle permiso a las almas, se van desmontando las apxatas. Se dice que las almas se van cargadas de todas las oraciones, plegarias y ofrendas que les entrega la comunidad, se van con sus llamas y sus caballos cargadas de este ritual único en el año.

En el momento en que la misma persona que encendió la vela ahora la apaga, los alimentos del altar se reparten entre los familiares más queridos, los cuales dedican muchas oraciones al difunto. De esta forma se van las ropas negras de luto y llegan los colores y la fiesta. Con la Kacharpaya los objetos de las apxatas vuelven a ser profanos y se les da un valor más banal, cotidiano y lúdico. Tras la despedida son los vivos los que se comen a sus propios difuntos haciendo desaparecer todo signo de las almas, de esta forma los muertos pueden regresar en paz a su sitio. Nada puede sobrar, debe entregarse todo lo que fue ofrendado. Los muqunis se guardan hasta el año próximo y llega el sonido de las tarkas. Toda la comunidad bebe y festeja una noche más por las almas, los niños juegan con los panes sagrados dándoles un carácter lúdico, las niñas utilizan los t’ ant a wawas como si fueran sus hijos imitando lo que ven en sus propias madres. Hay que despedir a los muertos con urgencia y sin tristeza, con la alegría y la fiesta, para gozar de un buen año, de buenas cosechas, buenos augurios y paz dentro de la comunidad.

El mundo andino nos invita a volver al origen, a tener otra concepción de la manera de ver la vida y la muerte. Por medio del Wiñay Pacha, ceremonia llena de símbolos y emociones, nos muestran cómo se relaciona verdaderamente una comunidad, cómo hay un entendimiento y un apoyo mutuo más allá de las palabras, un compartir las penas y las alegrías. Nos enseñan a no juzgar a las almas por sus vidas terrenales, tampoco a sentir culpa por ellos, sino más bien compartir, entregar, ser recíprocos. Remover nuestro corazón haciendo un altar, entregando amor y dedicación. Pero además, involucrándonos por completo en esta ceremonia, danzando, festejando, llorando, riendo, creando una catarsis comunitaria.

La fiesta de difuntos, nuestro Winay Pacha en Chile

Como seres humanos hemos tenido desde siempre la necesidad de honrar o venerar a nuestros muertos, esto lo hacemos en todo el mundo hace miles de años atrás y nuestro país no es la excepción. Al igual que en otros países de Latinoamérica, la principal ceremonia de culto a nuestro muertos es de origen indígena y las hicieron coincidir con las celebraciones católicas del día de los Santos Difuntos, que, desde una perspectiva occidental, ha tenido tradicionalmente un carácter de luto, tristeza y calma, dejando así descansar en paz a sus muertos.

Muy diferente es cómo los indígenas en general viven, sienten y conmemoran esta fecha, celebran el no morir, el vivir otra vida en otro mundo, desde donde vienen a visitarnos para este día. Es la posibilidad del reencuentro con el ser querido, conversar, acompañarse (García, 2001).

Hasta el 2010, solo en el norte grande indígena se celebraba el día de Todos los Santos, en el resto del país prima un espíritu marcadamente católico: los muertos se lloran y se visitan en el cementerio. En la zona de Atacama (Peine, Ayquina, Caspana), se prenden velas en las noches del 1 de noviembre en la habitación donde vivía el difunto ya que éste regresa, ofreciéndoles además comida para su regocijo. En el centro de las casas hay mesas con fotos del difunto junto a flores, cruces de maderas, comida, alcohol, masas dulces, a la usanza tradicional andina. Hay invitados, quienes deben saludar al altar, para luego cantar, rezar, y compartir la comida y el trago con el muerto. Posteriormente se dirigen al cementerio donde limpian las tumbas de los difuntos, volviéndolas a adornar con flores.

Podemos decir que la festividad es una mezcla de elementos cristianos y andinos, por lo que en algunas partes la fiesta es más católica, colocando un fuerte énfasis en el rezo y en la bendición de la cruz de madera, y en otros lugares la ofrenda, la mesa, la challa constituyen los ejes de relación con el muerto.

En Santiago, el 2010, el colectivo Quillahuaira decidió recuperar en la ciudad el Wiñay Pacha, para confrontar la enorme penetración cultural que ha tenido en las últimas décadas el fenómeno norteamericano de Halloween.  El objetivo era (y es) entonces., plantear otro modo de celebrar, vivir, pensar la muerte, en el espacio citadino, desde el reconocimiento de nuestras raíces. Esta idea se amasó en una serie de conversaciones entre danzantes de Quillahuaira y Tinkus Legua para posicionar otras fiestas andinas en la región.

A modo de preparación se organizó la fiesta a través de comisiones (cocina, pan, altar), para dar cuenta de un trabajo comunitario compartido. Fueron tres integrantes de Quillahuaira quienes  conformaron la comisión “panes”, trabajando dos días antes de la ceremonia. Una de ellas enseñó a las otras la elaboración de la masa, luego de una conversación deciden qué figuras hacer. Como primer elemento elaboraron panes, t´anta wawas, con forma de niños con caras sonrientes, quienes  representan el ascenso hacia otro estadio, otro pacha. También escaleras para que las almas descendieran por ellas en su llegada; trenzas, soles, flores, etc. El cocimiento de los panes fue en un horno a leña, realizándose el rito de pedir  permiso para hornear. Por otra parte se cocinó para todos los invitados y se adornó con guirnaldas, wiphalas, fotos de difuntos, La Capacha, lugar de ensayo del colectivo Quillahuaira, donde se recibió a los invitados y se llevó a cabo la ceremonia. En el fondo del salón principal de la casa se dispuso de una gran mesa donde se colocó el Altar, colocando cada uno de los asistentes fotos de nuestros muertos cercanos, de comuneros mapuches caídos, de detenidos desaparecidos, y alrededor de éstas comida, alcohol, frutas, panes, dulces, frutos secos, vinos, etc., todo de lo que más gustaban nuestros muertos.

Como grupo surgió la necesidad de ofrendar la fiesta a una patrona, ya que el colectivo era compuesto mayoritariamente por mujeres, creándose la figura de Lady Phasxi. Su nombre se originó por la fusión de dos conceptos, el de Lady, dama en inglés y título de unas de las canciones más emblemáticas de tinku, y phasxi, luna en aymara.

La ceremonia se desarrolló la noche del 31 de octubre partiendo con un gran pasacalle por los barrios Brasil y Yungay que se inició desde la casa cultural La Capacha, convocando a grupos de danza y música andina y a algunos figurines de la Escuela Carnavalera Chinchín Tirapié. Los participantes comenzaron a llegar como a las 19 hrs. El Colectivo de danzas Andinas Quillahuaira, como un modo de dar inicio a un nuevo ciclo agrícola, danzó tarkeada, junto a los músicos de Santiago Marka, ya que justo en esta fecha en las comunidades andinas se desentierran las tarkas y comienza el periodo femenino y húmedo de la tierra, la tierra está abierta para la siembra y se dan las primeras cosechas. El resto de los grupos de danza andina se desplegaron en torno al tinku, danza emblemática en la actualidad del movimiento andino. En esta primera experiencia participó Manka Saya (con kantus), Lakitas San Juan, la agrupación Sambaigo, banda de bronce que acompañó a los tinkus como Alwe Kusi, Tinkus Legua, Kuyukusi, Yuriña, en conjunto con las calacas de Chinchintirapié.

Al finalizar el pasacalle todos los participantes se reunieron en el centro de la Capacha para dar inicio a la ceremonia. Se challó la mesa, el altar, Santiago Marka interpretó varios temas tradicionales del mundo andino, luego todos se sirvieron la comida y el trago ofrendado, a modo de compartir con los difuntos, hasta altas horas de la mañana, finalizando con la quema de productos como la hoja de coca, siendo posteriormente enterradas las cenizas en las afueras de La Capacha.

Al año siguiente Tinkus Legua fueron los encargados de realizar el Wiñay Pacha, quienes, a modo de preparación, ejecutaron un conversatorio sobre la temática de la muerte en Los Andes, participando varias agrupaciones andinas.

El Wiñay Pacha fue celebrado en la Plaza Salvador Allende, de La Legua nueva, colocándose en el centro el Altar. El pasacalle partió con unas pinturas gigantes con el rostro de caídos en democracia, siendo rodeado por personas que portaban antorchas, danzando kusillos, tinkus. Se danzó por diversos sectores de la población, pasando por distintas animitas donde se les rindió homenaje a los muertos, finalizando en la plaza y dándose inicio a la ceremonia, comiendo y bebiendo con los muertos alrededor de grandes fogatas, siendo finalmente quemada y enterrada la mesa en el centro de la plaza.

Es así como se ha ido recreando la visión andina de la muerte en Santiago, danzando, comiendo, bebiendo por y con nuestros muertos.


Bibliografía

Fernández, G. “Todos Santos”: “Todas Almas”, en Revista Andina, año 16, número 1, Cusco, 1998.

Fernández, G. “Apxatas de difuntos en el altiplano Aymara de Bolivia”, en Revista Española de Antropología Americana, volumen 36, 2006.

García, A. Duelo Andino: “Sabiduría y elaboración de la muerte en los rituales mortuorios”, en Chungará, volumen 33, número 2, Arica, 2001.

Kauffmann, F. “Ultratumba entre los antiguos peruanos”, en Runa Yachachiy, Revista Electrónica Virtual, Instituto de Arqueología Amazónica, Perú, 2010.

Soto, P. Planteamiento respecto al sincretismo en todos santos, Instituto Francés de Estudios Andinos.
Disponible en: http://www.ifeanet.org/ (consultado: 30/04/2011)




Pía Barraza
Carolina Valenzuela
Taypi Aru

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